Culpa

    Hoy me estuvo dando vueltas en la cabeza una idea, una sensación, algo que me pasa por el cuerpo desde que tengo memoria y no siempre le doy el lugar. Hoy quiero que hablemos de la culpa. 
No voy a mentir, no estoy muy familiarizada con este formato y no entiendo del todo como funciona, pero me gustaría que, si descubren como, me devuelvan si algo de lo que digo los conmueve o los lleva a algo que les gustaría compartir y reflexionar. 
    Siempre sentí que tenía algo para decir, que mi mente iba mucho más rápido de lo que podía mi cuerpo y que mis pensamientos tienen ese gusto a cosa dicha. Como si fuera una concatenación de palabras lo suficientemente coherente para que alguien más lo escuche, ya que en mi tanto bullicio es abrumador y, de hecho, luego de 24 años terminó desencadenando en una medicación para ayudarme con tanto hastío. 
    La culpa es un pequeño monstruito que se va calando en lo más profundo de nosotros desde muy temprana edad. Mis amigas psicólogas (que son varias) podrían decir que esa culpa es precisamente la que instala nuestra imposibilidad absoluta de hacer algo con nuestro deseo, el cual parece que más en su salsa se siente en tanto menos posibilidades de realización tenga. 
    La culpa es una gran fanática de los carnavales, ya que le encanta probarse diferentes mascaras y atormentarnos allí donde parece que la ley está suspendida por un rato. A veces la culpa tiene nombre propio, toma la forma de un lugar, se refugia en ciertos olores o ciertos momentos de la memoria. Todos tenemos algún nombre propio que nos trae al cuerpo esa sensación de angustia, de poder haber hecho las cosas de otro modo, de recordarnos el peso de lo que dijimos y de todo lo que elegimos no decir. O sos dueño de tus palabras o te volves esclavo de tus silencios. Esa frase obvio que no es mía pero viene al caso, y acá por suerte no tengo normas APA que me limiten, así que no tengo idea quien la dijo pero allá van mis respetos. Yo recuerdo muy bien los nombres propios que traen a mi la sensación de culpa, momentos de mi vida en los que hablé de mas o actué de menos. Recuerdo que de chica me daba mucha culpa la soledad de mi mamá, sentía que se aburría en mis actos y peñas escolares. Siempre la veía en algún pasillo sola fumando, lejos del resto de madres, y sentía que era mi responsabilidad quedarme con ella para que no se sienta tan sola. También me acuerdo cuando la comida empezó a generarme culpa, ya que mi cuerpo era motivo de burlas constantes y, la única forma lógica para mi mente era no permitir que mas cosas entren hasta sentirme vacía. Fue mutando esa culpa alrededor de los años, sentía culpa por sentir de más, y en muchas situaciones por sentir menos. Sentía culpa de que mi mamá me viera crecer mientras ella iba envejeciendo, temía que los demás pensaran que ella era una mala madre cuando ella hizo lo que pudo, siempre, por formar el ecosistema de cuidado que recuerdo como mi infancia. Sentía culpa cuando me mandaba con mi viejo, ya que para mi era un indicio de que se estaba hartando de mi. Y en el fondo, esa culpa nunca fue más que un miedo, un miedo a quedarme sola, a que me dejen de querer o me dejen de mirar. Mis sueños recurrentes desde que soy pequeña tenían un factor común, yo intentaba hablar y las palabras no salían, o salían pero en un volumen tan bajo que nadie podía escucharlas. Recuerdo despertar con un dolor abrumador en la garganta, como si todo mi sueño hubiera sido una lucha por poder decir algo. 
    Recuerdo sentir alivio el día que mamá murió, y eso me dio culpa. Hoy lo tengo trabajado, ella fue diagnosticada con un cancer fulminante que se la llevó en 6 meses. En esos 6 meses yo la cuidé, le di de comer, la bañé, incluso un día tengo el recuerdo de haberle cambiado un pañal. El ciclo de la vida le dicen. Recuerdo que en ese momento tuve la misma epifanía que Lisa Simpson, siento que en algún momento deberé de contarle esto a un psicólogo. Errada no estaba, mis misas religiosas son con Agustina los miércoles a las 13:30. Pero mis culpas no se terminaban en mi madre, ya que la culpa es como una semilla silenciosa que si no la agarras a tiempo, llena de enredaderas todo tu jardín. Con el tiempo me sentí culpable por la ausencia de mi padre, por no estudiar algo que me asegurara el futuro (si es que algo es garantía de algo) e incluso por no siempre pensar como pensaba la mayoría. Y si, ahí va una distinta. Pero yo si creo en que tuve muchos momentos de lucidez extrema que no supe aprovechar por el miedo a la mirada ajena. Algo en mi siempre creyó que tenía que ganarme a capa y espada el cariño de los otros, como si no fuera algo extraño, tan inexplicable que parece casi mágico. Eso me llevó a caer muchas veces en la complacencia, y por ende en la falsedad. Ante mi y ante los otros. y si, eso me daba culpa. ¿Qué van a pensar cuando se den cuenta de lo que verdaderamente soy? ¿Cuando sepan que no me copa tanto el sexo como a ellos? ¿Cuando se den cuenta de que odio tomar alcohol y me pase la vida autodiagnosticandome cosas para evitarlo? O cuando sepan que, no me cabe para nada que otros hablen por mi. Dios, eso si que era aterrador. Aunque la culpa más grande se la llevó el haberme fallado a mi misma, ese yo que entre tanta enredadera de culpas se estaba formando, y que detrás de muchos sueños ahogados intentaba salir. Con el tiempo fui trabajando a la culpa y ahora la asumo como responsabilidad. Soy responsable de los dolores y las alegrías que puedo generar en los otros, lo soy también de mis palabras, de mis acciones e inacciones. Soy responsable de todo en cuanto responde a mi. Pero ¿saben cual es la culpa que más enferma? La que no nos corresponde. Y, curiosamente estamos plagados de ellas. Asumí responsabilidades por mis seres queridos mucho tiempo de mi vida, en mi mente los estaba cuidando, aunque en realidad estaba tapando con un velo su propio espejo. Ojo, la tarea del cuidado es cosa noble, pero si regas demasiado una planta también se muere. La culpa nos mete en un microclima pantanoso del que solo se puede salir con los pies manchados y heridas en un rostro que hay que cubrir mirando para abajo. La responsabilidad te invita a hacerte cargo, a angustiarte si hace falta, a llorar, a tener contradicciones y mirarlas a los ojos hasta que algo en vos aprenda a llevarlas aún estando inconclusas. No me gusta la culpa y su velo de culposidad, NONONONO Y NO. Soy muchas cosas pero no soy una víctima, y si en algún punto de mi vida lo he sido, soy mucho más que eso. Viejo que cuesta decir eso che, pero la responsabilidad es EMANCIPADORA. Sobre todo porque te permite discernir bien los limites entre lo que te corresponde y lo que no. Además, si dejamos que esa culpa se pase de coqueta puede atormentar hasta nuestros momentos felices, aquellos en los que disfrutamos de la vida, de los otros, y nos creemos merecedores del amor y las cosas buenas que recibimos. Me niego a ser esclava de la culpa, me niego a que me atormente haciéndome creer que no soy merecedora. Que no soy suficiente. Y creo que, llegada a este punto, si fui víctima no quiero ser aquella que deje contento a nadie, y si soy responsable, prefiero vivir con la certeza de haberme hecho cargo cuando era el momento. 
    Pd: Un agregado para los que lleguen hasta acá. ¿Vieron que las más culposas y culpables somos las minas? Se que no estoy descubriendo el dulce de leche y que esta historieta viene de larga data patriarcal pero ¿Por que será? ¿Será que los hombres no cuidan bien de su jardín? O tal vez se conforman con un monoambiente que no deja mucho lugar a que las cosas puedan echar raíces.

Comentarios

  1. Una vez le dije a mi ya-no-psicóloga que sentía un vacío en la panza (existencial, no hambre) y que creía que era la náusea, o sea angustia. Su respuesta fue algo así como: y sí pichona, lo siente todo el mundo. Leerte me hace acordar al alivio que sentí ese día, cuando asomé la cabeza por encima de ese supuesto solipsismo emocional para encontrarme con muchas personas con los mismos vacíos en la panza. Pd me reí con lo de las normas APA y lo de las máscaras con amistades. Te amo lulita un abrazo y un beso

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